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MADRE Y FUNDADORA DE FAMILIA EMPRESARIA

Comenzó su matrimonio sin grandes aparejos. Ni la prosperidad del negocio recién iniciado la exaltó ni la adversidad presente la ha deprimido.

Esta mujer supo poner la confianza en sí misma; fue vigilante asidua no sólo de su casa sino del negocio como quien desde la garita de centinela previene celadas y asaltos a su, entonces, recién iniciada actividad empresarial.

Durante mucho tiempo, cinco años, hasta que llegó el primer hijo vigiló su negocio para que la competencia no le atacara por sorpresa. Al cabo de diez años llegó el éxito, influencia y dinero y ella no se inmutó. La prosperidad no la engañó porque su espíritu no es pueril ni vano. Hizo ver a su esposo que el dinero de la empresa no se podía dedicar a deleites escurridizos ni a canonjías sino al fortalecimiento de la competitividad y al crecimiento.

Pero llegó la crisis y la empresa estaba casi totalmente autofinanciada de modo que como no se habían hinchado en época de crecimiento tampoco se comprimieron en este último decenio de recesión. Ella fue recia a la hora de comenzar el negocio y más reciedumbre mostró ante esta adversidad. Comenzó siendo pobre, ahora dispone de un equilibrado patrimonio porque jamás mostró avaricia y exhibición de lujo. Ella toleró la pobreza y no se ha engreído con la riqueza.

En estos días cumple 65 años. Se muestra firme en la severidad que debe adornar la gestión del negocio por parte de sus hijos. Ha perdido recientemente a su marido, cofundador de la empresa, de modo que ha quedado sin su apoyo y en soledad.

No explotó la influencia sobre sus hijos; tampoco ahora en trance de su jubilación pretende manejar la herencia de ellos sino que goza con generosidad de su nueva situación como propietaria. La buena reputación empresarial no la ha engrandecido porque siempre estuvo en la sombra.

Se abstuvo de malgastar y contuvo gastos y excesos.

 ¿Cómo llenar su vida tras la jubilación, viuda y con hijos casados y emancipados?

Sin dejar de vigilar la empresa, pues es propietaria de la mitad del capital, debe gozar del alborozo infantil de sus nietos, de las alegrías familiares siendo la matriarca de su familia extendida y múltiple. Será la mejor manera de no agudizar las tribulaciones de su viudedad. No tiene derecho al uso inmoderado de las lágrimas.

Debe conseguir sofocar la añoranza del marido y contener y reprimir las tristezas de esa muerte. Debe continuar poniendo ahínco e interés en que sus hijos le rindan cuentas y en la administración de su propio patrimonio y prudencia a la hora de implicarse en nuevos negocios.

José Javier Rodríguez Alcaide

Catedrático Emérito

Universidad de Córdoba

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